top of page

Jekyll, una víctima más.

  • 3 abr 2016
  • 4 Min. de lectura



Durante el tiempo, relativamente corto, en el que estuve leyendo una de las obras más famosas de Robert Louis Stevenson; El extraño caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde; hubo un pequeño instante que me llamó la atención y me hizo pensar durante esos breves momentos en los que me quedaba atontado, mirando al infinito, a la hora de estudiar biología; y no prejuzguéis por eso, que seguro que a más de uno de vosotros seguro que le ha pasado con cualquier otra materia, pillos: en una conversación que mantenía Utterson con su amigo Jeckyll surgió casi por enésima vez el nombre de Edward Hyde por parte del letrado en su intención de averiguar la curiosa relación que había entre el doctor y aquel monstruo abominable y repulsivo. Jeckyll le dio razones a Utterson para dejar de preocuparse por eso, pues, al fin y al cabo, “podía librarse de Mr. Hyde cuando quisiera”.

Esa última frase es la que ha estado rondando por mi cabeza en esos momentos de paz mental y sobre la cual quiero hablaros en esta breve opinión: ¿cuántas veces hemos sido capaces de controlar aquello por lo que la gente se preocupaba y nos advertía? Según nosotros, nunca hemos sucumbido a que cualquier vicio nos consuma, ya que, como decimos, “controlamos” y “también podemos dejarlo cuando nos apetezca”.


A partir de entonces, me he dado cuenta de dos cosas importantes: una es que esas frases que utilizamos para pseudotranquilizar a quienes se preocupan por nosotros y en qué podamos acabar son el mayor engaño –y autoengaño– jamás creado por el ser humano, al igual que otras como “mañana empiezo” o “esta es la última”; y la segunda es que el ser humano es propenso a caer en los vicios, independientemente de su fuerza de voluntad. Me explicaré más en lo segundo.


Todo aquello que nos hace sentir bien o, por lo menos, nos aíslan de un mundo peor para ir a uno mejor y más tranquilizante, no son cosas que la mayoría de la gente solamos tratar con moderación: quienes tenemos como vicio el alcohol, las golosinas, el chocolate, el tabaco… es por puro gusto. Empezamos por una copa, una nube de algodón, un bombón o un cigarro y de tan bueno que fue queremos más, por lo que bebemos, comemos o fumamos otro. Para cuando nos hemos dado cuenta, ya no podemos vivir sin ello. Necesitamos, por lo menos, uno o una diarios porque si no, nos morimos –no literalmente, a menos que seamos diabéticos y seamos adictos a la insulina, pero ese es un caso completamente diferente–, aceptando ya las posibles consecuencias. Que sí, vomitaremos, engordaremos o acabaremos con los pulmones hechos una mierda –perdón por la expresión, aunque no creo que el lector medio se vaya a escandalizar–, pero lo importante es sentirse a gusto con nuestra pequeña –o no tanto– dosis.


Luego, por otra parte, tenemos otros clásicos ejemplos como libros, videojuegos, series, películas… Aunque, por una parte, el vicio se dé por lo interesante que pueda presentarse la trama y tener siempre ganas de más, inconscientemente, somos más felices evadiéndonos de una realidad determinada –que la vivamos más felizmente o no ya alcanza un cierto nivel de subjetividad– para meternos en otro mundo que nos tiene absortos y en los que, si pudiéramos, entraríamos y nos quedaríamos diciendo eternamente otra frase de autoengaño: “un ratito más y me voy”. Cítese, por ejemplo, a mí con la obra de Tomás Moro: Utopía; aunque discrepara en ciertos aspectos –debido a la mentalidad estándar de la época– como la esclavitud, hubiera accedido encantado a pasar por el portal mágico y quedarme por esos lares una buena temporada, viendo cómo está la actual situación de nuestro país.


No obstante todo esto; y bajo mi humilde opinión; el del Dr. Jeckyll es un caso diferente, aunque no por eso deja de caer en el mismo pozo sin fondo que todos nosotros: descubre lo “divertido” que supone para él jugar a ser Dios y conseguir separar nuestro lado más humano del más deleznable, y disfruta haciendo con Mr. Hyde todo a lo que él no se atrevió en su verdadero nombre. El consumo de la pócima comienza a ser constante –mira tú por donde, las dosis diarias para la autosatisfacción– y el Sr. Hyde se anima, cada vez más, a hacer paseos nocturnos. Al preguntarle Utterson por su relación con él y escuchar sus actos vandálicos por los que todos se quejan, comprende que su placer diario se produce a costa de sus cercanos, a lo que intentaría dejarlo lo antes posible a fin de no causar más molestias; todo esto a la frase de “puedo acabar con Mr. Hyde cuando quiera”. Y sé que no iba a ser así, vosotros tampoco y él aún más. Al final acaban agotándose los productos necesarios para volver a ser Jekyll y da la casualidad de que no vuelve a encontrar los adecuados, pero no por eso está dispuesto a renunciar a la pócima. Al final, acaban teniendo lugar las mismas condiciones que los más alcohólicos, drogadictos, fumadores o glotones de los que he hablado antes: no es capaz de abandonar el vicio al que se ha sometido y no tiene más remedio que aceptar las consecuencias de su insensatez.


Tras todo esto, concluyo con la moraleja principal que he extraído, personalmente, de esta novela corta y que tanto me ha llamado la atención: por muy diferentes y mejores que puedan ser los mundos ficticios, los personajes que los habitan no dejan de ser humanos –exclúyanse animales y demás seres mitológico-fantásticos– , y que todo aquello que nos hace ruines y miserables y que a algunos nos obliga a evadirnos es algo de lo que no nos podremos librar jamás, pues incluso los mejores reinos de fantasía y ficción están compuestos por unos humanos que no pueden librarse de los factores y valores innatos que los hacen tales.


Comentarios


bottom of page